domingo, 24 de abril de 2011

Producto de un tierno deseo

Imagino como sería repetir infinitamente un día específico, o varios de esos de mi vida en los que te he visto. Revivir esa dicha hermosa de tenerte a unos cuantos metros, a un par de centímetros. Tener de frente ese rostro tan hermoso, chocar nuestras miradas en un juego donde solo yo participo, pues me es incierto si tu sientes lo mismo, si eres partícipe de este sutil entretenimiento.

La distancia que nos separa, físicamente equidistante, desde un plano sensorial dictado por el amor se vuelve incierta, pues aunque exista la misma cantidad de kilómetros y de metros desde donde tú estas hasta donde yo me encuentro, al cerrar los ojos y materializar tu esencia en mi mente, se vuelve inmensamente mayor al dejarte escapar de mis pensamientos, miro al horizonte y no te encuentro, solo suspiro y creo que te siento.

Qué manía esta la mía de lanzarme a los brazos del amor tan sólo. Amores eternos que nunca comienzan y que jamás terminan. Sabrá Dios si es por la falta de una sonrisa cómplice o la cobardía infinita de un ser tan tímido incapaz de romper algunas reglas hechas para ser destruidas.

Pero los milagros existen, el omnipotente juega de mi parte, de tu parte y de aquella que beneficia al absoluto universo. Ese día, esos pocos momentos han pasado por algo, por una razón, el solo hecho de conocerte debe ser considerado como una bendición, mucho más si viene acompañada con toques y aromas de amor. Sublime sentimiento, lleno de ternura y leves desvanecimientos que en un abrir y cerrar de ojos te suben y te bajan del cielo.

¿Cómo darle fin a una historia, la cual para mí ha tenido un leve comienzo? Te pienso y quiero seguir escribiendo, hasta que pueda relatar, no con mis manos sino con mis besos, los eventos fortuitos que nos depara el tiempo.

Tengo los pinceles y tú el lienzo, juntémoslos y pintemos nuestro propio universo, uno lleno de colores adornado con los sonidos del viento.

Donde no tendré necesidad de pasar las noches inmerso en mis recuerdos, ni de pedirle al supremo que repita los tiempos donde solía admirarte con un silencioso deseo, y tenerte en mis manos, sentirte en mi pecho como una realidad, como aquel maravilloso ejemplo de que el amor existe y puede hacerse perfecto, donde no existen las distancias ni los malos sentimientos, solo un "tú y yo" envueltos en un abrazo feliz, eterno.

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