lunes, 30 de mayo de 2011

Manos blancas

Cuatro años y un par de días han trascurrido desde el cierre de Radio Caracas Televisión. Cuatro años y un par de días donde el pueblo venezolano se ha visto obligado a mirar a través de las vendas que intentan tapar sus ojos. 4 años y un par de días en los que hemos tenido que escuchar verdades a medias, o al menos susurros de libertad en un país viciado por las malas mañas y las podridas costumbres encontradas en el poder supremo de unos cuantos.

Aún recuerdo el 2007, tiempos de lucha. Un día como cualquiera de principios de ese año, llegamos muchos a nuestras respectivas casas de estudio, era una mañana normal, como cualquier otra. Se vislumbraba la sombra oscura del absolutismo, como se ha mantenido desde el mero comienzo de la gestión "revolucionaria". Pero las amenazas de esos tiempos no eran más que los cuentos del "Coco" y de la "sayona" en la prensa nacional. Pero era inevitable en esa época de cambios y de gran impacto social, que se atacara a lo más preciado de la soberanía nacional: la libertad de expresión.

Se convocaron asambleas en todas las universidades que defienden la libertad del pensamiento a nivel nacional, todos los estudiantes, profesores, personal administrativo, obreros y familiares, todo el pueblo conciente venezolano en sí fue abofeteado por una cruda realidad: uno de los últimos bastiones de la libertad era amenazado de cierre, comenzaba el conteo regresivo, como si se tratase de un prisionero condenado a muerte. Radio Caracas Televisión, de un día a otro, estaba, como decimos comúnmente: "en pico e' zamuro".

Comenzaron los susurros, esas peligrosas palabras a mediana voz que despiertan el interés de las masas. Las universidades vibraban por los murmullos que se creaban dentro, los corazones palpitaban, la sangre hervía, la sed de libertad se notaba en las gargantas de todos aquellos que sentíamos a Venezuela como una madre, como la más importante de todas las universidades.

Y nos organizamos, aquellos que se pensaban callados, tímidos y taimados. Los últimos a los que, aquellos sentados en sillas forradas en telas finas y con desayuno de reyes, almuerzos de príncipes y cenas de gordos condenados por el colesterol alguna vez pensaron. Se sentía el clamor en las calles, la gente sabía que algo se estaba cocinando dentro de los salones de clases, era inevitable ignorar que esas voces, alguna vez calladas y calmadas se estaban levantando. Salimos los jóvenes, los estudiantes, los máximos representantes de la patria de José Félix Ribas, los hijos venezolanos renovados de la generación del 58.

Al principio no nos tomaban en cuenta. Normal, era de esperarse, pero el movimiento estudiantil poco a poco tomaba las calles, jóvenes de todas las clases, colores y religiones, sin exclusión alguna, luchando por nuestros ideales, por una patria digna, corazones palpitando al unísono y aún cuando todos parecíamos distintos teníamos algo inconfundible, todos venezolanos, venezolanos con las manos pintadas de blanco.

Y salimos, creamos conciencia, protestamos, luchamos en contra de aquello que estaba y sigue estando mal. Consignas, pancartas y piedras contra armas sofisticadas, perdigones, equipos antimotín, bombas lacrimógenas y mucho más. Estábamos en desventaja, pero contábamos con algo que ellos no se esperaban: inteligencia y el apoyo de todo un pueblo que comenzaba a despertar. Madres que sabían que sus hijos estaban en las calles, arriesgándose por un sueño, así como salimos todos los días, buscando encontrarnos con el futuro de frente.

Mostramos signos de paz, gritamos por un cambio, peleamos como un solo pueblo, bajo el sueño de Miranda, refugiados en las palabras de Bolívar y en una constitución marchita e irrespetada pero que nunca nos dejó de acompañar. Y aún así, después de tanto sufrimiento, golpes, compañeros heridos, apresamientos, torturas y amenazas, seguimos luchando. Ante los ojos de algunas perdimos la batalla, cerraron esa ventanita del alma, nos quitaron Radio Caracas Televisión y le dieron un golpe a la libertad, esa libertad que tanto se regocijan haber alcanzado en plenitud en este bicentenario de la independencia. Un bicentenario triste y olvidado, porque en realidad hay muy poco que celebrar, aún los sueños de los próceres no se han concretado. Seguimos siendo dependientes, ahora de otras naciones, de otros imperios, nos han vendido y lo peor es que nos hemos dejado.

Te pedimos perdón Venezuela, por dejar que te pasaran tantas cosas. Te pedimos perdón pues en ese momento crítico fallamos, fuimos vencidos de una manera injusta y arbitraria. Pero esa fue solo una batalla, ahora es que queda lucha. Pero cómo no nos hubiese gustado a nosotros que no hubieses tenido que pasar por esto.

Ha pasado el tiempo, muchos de esos estudiantes de aquellos tiempos ya hemos crecido, hemos aprendido más. Algunos están gordos y con hijos, otros no alcanzaron a ver cómo estás ahora, cayeron el camino. Pero siguen otros y seguiremos los que quedamos prendidos a un sueño. Todos sintiendo el mismo deseo, defendiendo los mismos ideales y llevando la frente en alto.

Aquí estamos, los hijos de Dios, descendientes de Eva, venezolanos todos, con la esperanza intacta, los mismos deseos, nuevas y viejas generaciones que parecen tener un solo corazón que palpita al ritmo de un Gloria al Bravo Pueblo. Todos, los mismos que por ti seguiremos luchando, aquellos hermanos de manos blancas...

¡Estudiantes!
¡Altos panas!