Andando por el camino, muchas veces tropezamos por causa de impedimentos leves que nos encontramos, baches que se posan por las sendas del destino los cuales podemos evitar siendo inteligentes o caer con todo y aún así levantarnos y seguir.
Esos tropiezos siempre enseñan algo, es lo que nos gusta llamar "experiencias". Todas esas anécdotas que se quedan guardadas en el librito de los recuerdos.
Pero existe un tipo de socavón que nos busca, que nos elimina de raíz la opción de evitarlo. Materialicemos estos detalles en factores de la vida real, personas que no conocen los límites, apartados del sublime frenesí de la paz y sólo están puestos en la tierra para molestar.
Hace poco, divagando como siempre, plasmé en el etéreo espacio de 140 caracteres que ofrece twitter lo siguiente: "Algunos imbéciles solo aprenden a los golpes, y yo tengo un buen par de puños dispuestos a enseñarles". Sí, está algo radical el comentario, pero es una reacción común del cuerpo de un vasallo del gran reino animalia.
¿Qué pasa con aquellos que no conocen siquiera el significado de la palabra "respeto"?
Podemos culpar a los padres por la falta de valores éticos y morales que posee esa persona. O simplemente, tomar la justicia con nuestras manos y de un buen golpe, posicionar pedacitos de respeto en ese lugar donde antes del acertado puñetazo estaban las muelas.
Hay un dicho muy célebre que reza lo siguiente: "Respeta para que te respeten". Algo redundante pero cierto.
Somos seres únicos y cada paso que damos define nuestra historia, no dejemos que terceros afecten el camino, es cuestión de saber dejarlos atrás saboreando el polvo. Aprendamos de Chaucer y hagámonos cargo de esos bandidos dejándolos desnudos por la eternidad para que el mundo se burle de estos mientras los años sigan haciendo montones en los almacenes de la historia.
"Deja que los perros ladren Sancho, es señal de que avanzamos" - Una variante de la famosa frase de Don Quijote de la Mancha. Hasta Cervantes, en el Siglo de Oro español sabía que los terceros no son más que escombros, burros tercos que se aparecen de vez en cuando en el camino y en nosotros está aleccionarlos.
¿Cómo? Pues, cada quien es dueño de sus acciones y decisiones. Podemos dejarlos ladrar, mirar a otro lado y seguir caminando; destruiurlos en ficción o dependiendo de la terquedad del ser y las circunstancias del estrés padecido, acercarnos a los extremos de la sociedad y brincar la frontera al mundo animal y enseñar con gritos, pies y puños aquellas instrucciones claves que muchos necesitan.
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